Nro 139 //
Religión y justicia social en República Dominicana
Estudios Sociales 139
Julio 2007
Correspondiente al Año XXXVIII / enero - marzo 2005
Con este número queremos reflexionar sobre un aspecto que, a nuestro entender, debe ocupar a cualquier persona interesada por el tema religioso: la implicación del mundo religioso en la construcción de una mayor justicia social.
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Editorial
Religión y Justicia Social: escenarios de vida
Marcos Villamán
Escenarios posibles: entre la muerte y la vida, ocasiones para la religión
El autor reflexiona sobre la crisis de la denominada posmodernidad y el desencanto político de una época marcada por el fracaso de los discursos progresistas y las recetas neoliberales de mercado y competencia. En este contexto, explora de manera específica las formas en que lo sagrado, a través de los nuevos movimientos religiosos (NMR), se ha constituido en núcleo en torno al cual se han venido re-estructurando las identidades colectivas e individuales de una buena parte de la población mundial, que con ello pretende contrarrestar la pérdida de sentido vital derivada de los efectos más caóticos del acelerado proceso de mundialización. El autor se detiene a analizar algunas de las principales manifestaciones que esta tendencia asume en América Latina; a saber, la expansión del movimiento pentecostal y la contigua renovación del sincretismo católico propio de la región.
José Luis Alemán, sj.
Hacia una justicia social en República Dominicana
Se presenta al lector una sosegada reflexión acerca de la insuficiencia de la ética de presión para la construcción de una sociedad justa. Las reglas y la coacción no bastan. Se amerita el influjo de líderes políticos y ciudadanos que encarnen los más altos ejemplos posibles de equidad y justicia en vidas dedicadas al servicio y la consecución del bien común. La Iglesia Católica, enarbolando el ejemplo vivo de Cristo, puede constituirse en motor de cambio para el paso trascendental hacia una “ética de aspiración” que impulse a hombres y mujeres a la participación emocional, sentida, en la estructuración de colectividades cada vez más dignas y solidarias. Bajo la guía irrenunciable del humanismo evangélico, el diálogo, el compromiso y el reconocimiento de la “legítima variedad de opciones posibles” deben pautar el accionar político de los cristianos en el seno de las sociedades contemporáneas. República Dominicana, que adolece todavía de graves debilidades institucionales, se ha ido forjando a partir del sacrificio de sus mejores ciudadanos; debe acudir de nuevo a ellos si quiere lograr una renovación política que implique el desarrollo de una sociedad más inclusiva y buena. De hecho, en parte de lo mejor del acontecer nacional religión y bien público se han dado la mano. Juan Pablo Duarte, fundador de la patria, es justo el mejor ejemplo de praxis política inspirada en una ética de raíz religiosa. Ese camino sigue siendo posible.
P. Víctor Masalles
Reforma fiscal: una visión cristiana
Subir o bajar impuestos, quitar allí viejos gravámenes para poner acá otros nuevos no pueden por sí solos implicar una reforma fiscal. Sería necesario que esas modificaciones tributarias estuvieran orientadas por un plan de redistribución de las cargas contributivas y de las erogaciones públicas. Una única y cuidada finalidad política debería diseñar el esquema fiscal de la nación hasta en sus más mínimos detalles, no cada año, con la ley del presupuesto nacional, o cada cuatro, con cada nuevo gobierno, sino en virtud de un prolongado período de tiempo que permita al país planificar, trabajar y prepararse para un mañana, llegar a un futuro. Si Latinoamérica es la región del mundo que presenta mayores niveles de desigualdad, República Dominicana constituye uno de los espacios geopolíticos menos equitativos del mundo; ocupa en efecto el décimo tercer lugar del planeta en el desaprovechamiento del ingreso por habitante para el mejoramiento de la calidad de vida de su población. La receta para esa nada envidiable posición: amplia extensión de impuestos indirectos que alcanzan incluso a los artículos de primera necesidad; recaudaciones del impuesto sobre la renta que descansan primordialmente en los asalariados (en aquellos cuyo limitado poder no les deja evadirse) y un muy bajo porcentaje impositivo sobre los altos ingresos; penosa distribución del presupuesto nacional, en el que la educación, la salud y la seguridad social no son priorizados. Solo una ética como la cristiana, fundamentada en la justicia y el compromiso a favor de los pobres, puede ayudar a revertir esta persistente y difícil situación.
José Luis Sáez, s.j.
La Iglesia dominicana y el pensamiento liberal del siglo XIX:
Las relaciones Iglesia-Estado
En este trabajo se tratan las relaciones entabladas entre Iglesia Católica y el poder político constituido de la naciente República. Irregulares, accidentadas y siempre en tensión, las mismas mostraron ser lógicamente más difíciles durante el gobierno de Pedro Santana, dado que la propia definición del Estado dominicano implicaba un nuevo delineamiento de los límites del poder eclesiástico. En cambio, hubo entendimiento bajo el mandato de Buenaventura Báez, que trató de promover la firma de un Concordato con el Vaticano. Y si en el aspecto doctrinal y teórico se daban serias discrepancias entre Iglesia y corriente liberal, en los hechos se produjo un entendimiento práctico que encuentra su máxima manifestación en la aprobación tácita que el Padre Billini otorgó a la Escuela Normal promovida por Hostos. Con el rechazo del proyecto trinitario, a través del Vicario Tomás de Portes, se inicia pues una historia de juego pendular de poder en el que el peso de la Iglesia Católica se ha mostrado decisivo.
Pablo Mella
Religión en la esfera pública liberal contemporánea:
a propósito del debate entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger
En el marco del diálogo mantenido entre el hoy Papa Benedicto XVI y el filósofo Jürgen Habermas, el autor invita a reflexionar sobre las insuficiencias del liberalismo político contemporáneo. Lo que Isaiah Berlin denominó libertad negativa no podría ser fundamento de una sociedad justa. Pero el paso necesario a una libertad positiva que permita crear horizontes más amplios de solidaridad, parecería necesitar de algo más que el solo ejercicio de la razón. Es aquí donde entra el elemento de lo religioso. La cuestión, y este es ya terreno del debate, es determinar cómo incorporar dicho elemento en el seno de comunidades plurales de modo que se convierta en un instrumento de cohesión, sin por ello devenir en un mecanismo de homogenización e intolerancia. Además, ¿cuál debe ser su estatus frente a lo racional? ¿Debe la razón ser el eje que regule el intercambio de lo político con lo religioso, y de éste con el saber? ¿Habría algún lugar del escenario político reservado para la fe? ¿Hay un elemento natural común a todo hombre que permita fundamentar un ethos humano que abarque todas las culturas? ¿Dónde encontrar las raíces últimas de ese ethos?, ¿en lo puramente biológico, en función del cual el hombre es un organismo viviente?, ¿en lo racional, en función del cual el hombre construye su mundo simbólico?, ¿o en lo irracional, en función del cual el hombre experimenta todas sus angustias e incertidumbres, todas sus negaciones, todo lo que no es él?
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